3. La aventura del Ratoncito Pérez

En el episodio de hoy os vamos a contar un apasionante cuento creado por nosotras mismas y que cuenta una emocionante aventura del ratoncito Pérez durante una de sus habituales visitas…

El RATONCITO PÉREZ estaba listo, como cada noche desde hacía muchos, muchos años, para su próxima visita.

-Veamos -dijo mirando su pequeña brújula mágica -Esta noche, me toca ir a Madrid, a casa de Martín.

Martín vivía con sus papás y sus dos hermanos, Diego y Juan en una casa grande con jardín a las afueras de Madrid.

Era verano y Aquiles, el gran dogo familiar, dormía plácidamente en el jardín.

Aquiles era un perro enorme, pero su corazón era tan grande como él. De color marrón oscuro, llegó a casa de los niños cuando tenía 3 meses y nunca se separaba de ellos.

Lo usaban de cojín para apoyar sus tres cabezas y ver la tele, corrían con él por el jardín, montaban sobre él como a caballo… Jugaba a todos los juegos imaginables con ellos y era muy feliz.

El Ratoncito Pérez se encontraba en la puerta del jardín con su mochila mágica, en ella, llevaba la moneda de oro para Martín y un nuevo cuento con pegatinas que tanto le gustaban.

La mochila era diminuta y la moneda y el cuento también, pero gracias a su magia cuando el Ratoncito las sacaba de la mochila para dejarlas debajo de la almohada, recuperaban el tamaño normal.

Y así era como él podía transportar todos los regalos de los niños sin problemas.

El Ratoncito, desde lo alto de la verja del jardín divisó a Aquiles en la entrada principal.

-Caray! -Pensó sonriendo – cada año está más enorme! 

-Eh! Aquilees! Despierta! Soy yo! El Ratoncito Pérez! Estoy aquí!

Aquiles, abrió sus grandes ojos y comenzó a mirar de un lado a otro pero no veía nada. De pronto, oyó un silbido muy suave que procedía del seto y corrió hacia él.

-Pérez! Qué alegría volverte a ver! Estás igual que hace dos años! -rió Aquiles. -Salta sobre mi lomo y yo te llevo dentro!

Y así, el Ratoncito Pérez saltó desde lo alto de la verja sobre el lomo blandito de Aquiles y se agarró fuerte a su collar.

Qué suerte tenerlo! Viajar en dogo era genial!

Juntos, atravesaron el jardín y entraron en casa por la puerta de la cocina. Siempre estaba abierta por si Aquiles tenía hambre o sed.

Una vez dentro, el Ratoncito Pérez se deslizó como en un tobogán por el lomo del gran dogo hasta llegar al suelo.

-Gracias amigo! Ahora subiré a la habitación de Martín a llevarle los regalitos. 

-Sí, pero tengo que contarte algo. Hace unos meses, a los niños, su tía Inés les regaló un precioso conejo blanco, se llama Bingo.- Prométeme que vas a tener cuidado con él. Parece adorable pero no lo es.

Intenta no despertarlo y si tienes problemas silba y subo corriendo.

El Ratoncito Pérez asintió y comenzó a subir las escaleras, seguro que nadie se despertaba y todo saldría bien.

Llegó a la habitación de Martín, era la segunda puerta a la derecha, la primera era la de Diego, el mayor de los 3.

Hacía dos años que había ido a visitarlo ¡Cuánto habría crecido desde entonces!

Pasó corriendo por su puerta y se detuvo en el gran cartel que decía: “Aquí duerme Martín”.

Suavemente abrió la puerta y al entrar lo vio. Allí estaba en una cómoda camita a los pies de la cama del niño. Un adorable conejito blanco con las orejas largas.

El Ratoncito Pérez atravesó la alfombra y trepó hasta la almohada de Martín para dejar la moneda de oro y el cuento. De pronto, una voz lo sobresaltó:

-vaya, vaya! ¿A quién tenemos aquí? ¡Un ratón en mi habitación! 

Bingo, el conejo ya no parecía tan adorable, tenía los ojos rojos y lo miraba amenazante.

-Verás Pérez, voy a ser sincero: si me das esa mochila mágica que llevas puesta te dejaré salir, de lo contrario, hoy voy a cenar ratón con patatas! Jajaja!

El malvado Bingo de un salto se colocó a escasos centímetros del Ratoncito, que era mucho más pequeño que él. No tenía escapatoria.

Martín dormía plácidamente y a Pérez se le ocurrió una idea: si conseguía llegar a la ventana que estaba entreabierta podría silbar a Aquiles y saltar sobre su lomo para que lo sacara de allí.

De un salto, cayó en la alfombra mullida y logró esconderse detrás de un balón de fútbol de Martín.

Bingo, saltó detrás y comenzó a buscarlo, era un conejo listo y estaba rastreando el olor para dar con él. 

El Ratoncito decidió ir moviendo poco a poco el balón para cruzar la habitación mientras el conejo lo buscaba entre la alfombra. Él era mucho más rápido pero Bingo era más grande.

Sin pensarlo rodó el balón hasta situarlo debajo de la mesita de la ventana y trepó por la pared.

Pero el malvado conejo se dio cuenta de su intención y de un alto subió  también a la mesa.

Se encontraban frente a frente y Pérez sintió que no tenía escapatoria, de un zarpazo, el conejo trató de quitarle la mochila. Pero el Ratoncito era muy rápido y además tenía magia en su espalda.

Recordó que siempre llevaba una mantita en la mochila para descansar, rápidamente la sacó y la lanzó encima de Bingo.

La mantita, mágicamente se hizo grande y cubrió todo el cuerpo del conejo, que intentaba quitársela de encima pero no conseguía destaparse.

Pérez abrió la ventana de par en par y silbó todo lo fuerte que pudo.

Aquiles, que estaba alerta corrió bajo la ventana. -¡Salta! – le gritó

El Ratoncito saltó al vacío sobre el gran dogo y se agarró fuerte a él.

En ese momento, Bingo, saltaba detrás. 

Había conseguido deshacerse de la manta y corrió tras ellos.

-Corre Aquiles, corre! -gritó el Ratoncito Pérez a lomos del gran perro.

Pero bingo era un conejo muy veloz y pronto los alcanzó.

Aquiles conocía perfectamente el jardín y sabía que esa tarde Diego había estado regando las azaleas de su madre, la mangera estaba enrollada en el suelo, haciendo un gran círculo en un extremo del jardín y fue corriendo hacia allí.

Aquiles era un perro enorme y al llegar a la manguera dio un salto gigante y cayó al otro lado. Allí esperó a que llegara el conejo.

Bingo hizo lo mismo pero su salto no era tan largo, no había calculado bien la distancia en su carrera y cayó con las 4 patitas blancas justo dentro del círculo que formaba la manguera.

En ese momento, Aquiles tiró de un extremo y dejó a Bingo completamente enrollado en la goma verde de la manguera, el conejo no podía moverse.

El Ratoncito Pérez se acercó a él:

-Bingo, estás atrapado y a menos que nosotros te soltemos, nadie lo hará, además como bien sabes, el perro de vuestros vecinos tiene muchas ganas de incarte el diente. Así serás presa fácil esta noche para él.

Era cierto, no tenía escapatoria y se había portado muy mal siempre con Brutus, el bulldog vecino. Si lo veía enrollado en la manguera, se lo comería sin rechistar.

-Está bien -respondió resignado el conejo – ¿Qué queréis a cambio de mi liberación?

Mmmmm – murmuró el Ratoncito Pérez -déjame pensar…

-¡Ya lo tengo! A partir de ahora serás siempre bueno y amable con todos los animales, y además les vas a ayudar en todo lo que necesiten. 

Yo voy a estar vigilándote y Aquiles te controlará de cerca.

Si no lo cumples, te serviremos de cena para Brutus.

-¡Sí, sí! ¡Lo prometo! Seré bueno y amable, pero por favor ¡Soltadme de una vez!

Y así fue como Bingo, Aquiles y el Ratoncito Pérez firmaron la paz esa noche.

Pasados 6 meses, el Ratoncito Pérez volvió a aquella casa. A Martín se le había caído su segundo diente y esa noche debía dejarle otra moneda y una sorpresa bajo la almohada.

Para su sorpresa, cuando Pérez llegó a la enorme verja del jardín Aquiles no estaba esperándole. Por más que silbó y silbó el dogo no aparecía.

¡En fin! – se dijo el Ratoncito – treparé yo y entraré -¿dónde se habrán metido?

Trepó por los setos y descendió hasta llegar al jardín, se dirigió hacia la puerta de la cocina, por donde siempre entraba con Aquiles y al girar los vio:

Allí, en una esquinita del jardín y en torno a una mesita llena de queso y dulces estaban Aquiles, Bingo, Brutus y una tortuga pequeñita!

No paraban de reír y de hacer gestos a Pérez para que acercase.

-¡Sorpresa! – corearon todos -¡Bienvenido de nuevo Ratoncito Pérez!

¡Habían preparado una cena exquisita para él! Resultó que ahora eran grandes amigos, la señora Braulia, la tortuga, era una magnífica cocinera. 

Era la nueva mascota de la casa. Se la habían regalado a Juan por sus buenas notas y se había convertido en la sombra de Bingo, que estaba más feliz que nunca.

Cenaron, cantaron, rieron y el Ratoncito Pérez tras dejar sus regalitos en la habitación de Martín se despidió de sus amigos con una promesa:

-Pronto volveré! A Martín aún le quedan muchos dientes de leche y además, nos queda el pequeño Juan!

Todos rieron. Era cierto, los próximos años, verían mucho al Ratoncito Pérez por allí. ¡Qué suerte! Organizarían una cena en el jardín cada vez que eso sucediese.

Y colorín colorado, este cuento encantado se ha acabado.

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