35. La princesa y el guisante

Este cuento narra la historia de una auténtica princesa y un pequeño guisante…

Hace mucho tiempo, en un muy reino lejano, vivía un joven príncipe al que nunca le faltaba de nada. Pero éste no era un príncipe feliz, ya que, a pesar de que tenía todas las tierras que deseaba, todos los juguetes y todos los manjares, no lograba encontrar una verdadera princesa con quien casarse.

-¡Eres demasiado exigente! – le decía siempre su madre la reina – ya has conocido a todas las princesas hermosas, inteligentes y encantadoras del mundo, pero ninguna te ha hecho verdaderamente feliz.

-Lo sé mamá, gracias por presentarme a cada una de ellas – respondía tristemente el príncipe – pero es muy difícil encontrar una verdadera princesa. Aun así, estoy seguro de que algún día la encontraré.

Quitando el hecho de que ya había conocido a todas las princesas de los reinos cercanos, y que cada día estaba más y más triste, en lo más profundo de su corazón, el príncipe intuía que en alguna parte, antes o después, la encontraría. Prometió nunca jamas dejar de buscarla.

  • He conocido muchas jóvenes que se dicen princesas – explicaba – ¡Altas, bajas, grandes, pequeñas, rubias y morenas! El mundo entero las llama princesas. Algunas son muy hermosas sí, otras son muy inteligentes. Muchas son encantadoras…..Pero con ninguna he sentido la magia y el amor.

Pasaron los días, las semanas y los meses, y el príncipe navegó por los mares del mundo en busca de su novia perfecta. Visitó palacios en Persia y Perú, castillos en China y España. Pero no encontró a su media naranja, así que sin darse cuenta, dejó pasar el tiempo y para cuando volvió a su país, el otoño estaba ya dando paso a un invierno frío y gris.

Una noche, poco después de su regreso, una tormenta sorprendió al reino. Los truenos y relámpagos se oían y veían a kilómetros de distancia, y un viento helado se colaba por las ventanas y puertas de palacio congelando todos sus rincones.

El príncipe se había ido a dormir, mientras el rey y la reina leían en la planta baja, cuando el viejo rey sintió un escalofrío y acercó su silla al fuego.

  • Me alegro de estar aquí bien abrigado. Sentiría mucho que alguno de los habitantes de mi reino se encontrara en la calle con este tiempo.

No había terminado de decir esto cuando se oyó un fuerte golpe en la puerta. El rey se apresuró hacia la entrada, quitó todos los cerrojos y abrió. Una ráfaga de viento llenó el vestíbulo de lluvia, mientras un relámpago iluminaba el rostro de una niña.

  • ¡Dios mío! ¿Quién eres tú? – dijo el rey temblando de frío – ¡Oh, pobre niña!

Allí, en la puerta, en medio de la tormenta, se encontraba una hermosa joven de largos cabellos dorados que chorreaban sobre sus hombros. Su vestido estaba empapado y sus zapatos cubiertos de barro.

  • Soy una princesa – respondió con voz dulce – un rayo cayó sobre mi carruaje haciendo que me cayera y perdiera el camino de vuelta a casa
  • Sí, sí, pequeña, por supuesto que lo eres – sonrió el rey incrédulamente – será mejor que entres; aunque jamás he visto que una princesa se perdiera en nuestro reino durante una gran tormenta.

La reina, que no podía dejar que la muchacha durmiera en la calle, pero que tampoco creía que fuese una princesa, urdió un plan junto a sus doncellas para averiguarlo. Primero quitaron toda la ropa de la cama de una de las habitaciones para huéspedes. Luego, colocaron un guisante seco debajo del colchón. Vaciaron todos los armarios del palacio hasta que reunieron otros veinte colchones, y uno sobre otro los colocaron encima del guisante.

Había colchones de todos los colores y tejidos, de todas las formas y tamaños, y cualquiera de ellos era suficientemente grueso como para que una persona normal pudiera dormir como en una nube.

  • Ya está – dijo la reina conduciendo a la jovencita a su nueva habitación – Estoy segura de que pasarás una buena noche.

La niña subió a la cama con la ayuda de una escalera y se puso un camisón. Durante las primeras horas de la noche, la joven no paró de dar vueltas, en la mitad de la noche, la joven comenzó dar volteretas, y al final de la noche, la chiquilla acabó durmiendo en el suelo.

  • Debe de ser por la tormenta – pensó

A la mañana siguiente, cuando la bella huésped bajó a desayunar, la reina sonrió para sus adentros creyendo que esta había dormido plácidamente.

  • ¿Cómo ha dormido mi querida princesa? – le preguntó mientras la joven se sentaba a la mesa.
  • Lamento deciros que no he dormido nada bien – respondió – Siento parecer descortés, pero es que aun con todos esos colchones me sentía muy incómoda.
  • Es imposible – dijo el rey – ¡Te dimos la mejor cama de todo el palacio!
  • No hay manera – pensó la reina –

La joven se sonrojó, temiendo haberse mostrado desagradecida.

  • Siento mucho ofenderles mis señores, no es mi intención, pero sentía como si durmiera sobre una aguja, no he podido parar de dar vueltas, y al despertar, tenía toda la espalda llena de moratones.

La reina apenas podía creer lo que estaba oyendo, su plan maestro había fallado, pues se trataba de un guisante mágico. Aquel guisante provenía de un reino muy lejano habitado por hadas y garantizaba descubrir en una sola noche si la persona que dormía sobre él decía la verdad o era una mera impostora.

La reina, convencida del todo con esta prueba exclamó:

  • ¡Entonces eres una princesa de verdad! – dijo abrazando a la muchacha – Sólo una persona de sangre real puede tener una piel tan delicada y sensible como para notar el guisante mágico, y más si está escondido bajo más de veinte colchones.
  • Os lo dije mis señores – sonrío la princesa –

En ese momento, el príncipe que no se había enterado de nada, bajo a desayunar y, sin a penas mirar durante un segundo los ojos verdes y los cabellos de oro de aquella princesa, supo en un instante que se trataba de la elegida.

  • Amada mía – exclamó –

El joven supo que era la muchacha con la que había soñado hasta ahora y con la que debía casarse. No necesitaba presentación, ni colchones ni guisantes, su corazón tenía la respuesta:

Era la elegida.

Los jóvenes se enamoraron profundamente y vivieron felices y comieron perdices para siempre.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

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