23. El soldadito de plomo

Hoy os ofrecemos este bonito cuento tradicional: El soldadito de plomo, del escritor y poeta danés Hans Christian Andersen.
Esperamos que os guste!

Había una vez un niño que tenía muchísimos juguetes, tantos, que no le daba tiempo a jugar con todos.
El día de su cumpleaños, su abuelo le hizo un regalo muy especial. Se trataba de una preciosa caja de madera, que contenía en su interior una serie de soldaditos de plomo realizados a mano a base de fuego y metal. Todos llevaban el fusil al hombro, vestían espléndidas chaquetas rojas y pantalones azules y mantenían la mirada al frente.
– ¡Soldaditos de plomo! ¡Muchas gracias, abuelo! – dijo el niño con alegría.
El niño, entusiasmado, fue sacando con cuidado todos los soldados de la caja, uno a uno, dejándolos sobre su escritorio como si estuvieran en formación. ¡Qué elegantes se veían! Parecían un ejército de verdad.
Sin embargo, al sacar de la caja al último de los soldaditos, el pequeño se dio cuenta de que le faltaba una pierna.
En realidad fue un defecto de fábrica al fundir ese soldadito, nadie en la fábrica de plomo se dio cuenta y fue introducido en la caja, junto con el resto.
El niño no se puso triste, al contrario, decidió que era especial y lo colocó frente a uno de sus mejores juguetes, un precioso castillo de papel donde vivía una preciosa bailarina vestida con un delicado vestido de tul rosa.
La bailarina estaba apoyada sobre una sola pierna con sus brazos estirados, era tan bonita que el soldadito al verla ni no se dio cuenta de que se trataba de un pose de ballet y creyó que le faltaba una pierna, como a él.
A partir de ese momento, cuando el niño se iba a dormir, el soldadito pasaba largas horas mirando a la bailarina, ajeno al resto de los juguetes de la habitación.
De hecho, mientras los demás juguetes saltaban y se divertían, el soldadito sólo tenía ojos para su bailarina:
– ¡Es tan bonita y se parece tanto a mí! – pensaba el soldadito cada vez que la veía.
Sin embargo, entre todos los juguetes había uno muy malvado que no le quitaba los ojos de encima al soldadito de plomo.
Se trataba de un duende metido en una caja sorpresa, desde la que saltaba para asustar a todos los juguetes que se acercaban.
Un día, el malvado duende le dijo al soldadito:
– ¿Por qué me miras fijamente?
El soldadito prefirió no contestarle ni meterse en problemas con él. Ya le habían avisado que era mejor no tratar con él. Y decidió seguir a lo suyo sin prestarle atención.
El duende, se tomó muy mal que el soldadito de plomo lo ignorase y muy enfadado le gritó: -¡Ya verás cuando te pille!
No volvió a ocurrir nada hasta que una tarde jugando, el niño decidió cambiar de lugar al soldadito de plomo colocándolo con el resto de sus compañeros, para que fuesen a luchar al frente.
Mientras los iba organizando, colocó al soldadito de plomo en el borde de la ventana. Y, misteriosamente, cuando el niño levantó la mirada, el soldadito ya no estaba.
Buscó por todos los rincones de su habitación pero no encontró al soldado, y pensó que tal vez podría haberse caído a la calle con una ráfaga de viento.
Sin embargo, en realidad había sido el duende de la caja sorpresa el que lo había lanzado por la ventana sin que nadie lo viera.
El niño no pudo bajar a buscar al soldadito porque hacía muy mal tiempo y la lluvia caía torrencialmente sobre las ventanas.
– No te preocupes Lucas, cuando deje de llover lo buscaremos – le dijo su madre.
Pero unos niños vecinos de Lucas, que estaban jugando en la calle bajo la lluvia, encontraron al soldadito bajo la ventana. Entusiasmados, decidieron jugar con él:
– ¡Le haremos un barco de papel para que navegue! – dijo uno de los niños.
Así fue como con un viejo periódico, hicieron un barquito y, aprovechando que la lluvia había formado pequeños riachuelos en las aceras, colocaron al soldadito sobre el barco de papel para que navegara por ellos. En un momento, el soldadito terminó en una de las alcantarillas.
– ¡Oh Dios mío! ¿A dónde voy? ¿Qué será de mí? No volveré a ver a mi hermosa bailarina! -sollozó el soldadito.
Mientras tanto, el barquito, que era de papel, se iba deshaciendo poco a poco, por lo que el soldadito terminó siendo arrastrado con más y más fuerza por el agua.
Así fue como, navegó y navegó continuó hasta que llegó al mar.
Y justo antes de que el soldadito llegase al fondo, un pez muy grande se lo comió. Dentro del pez solo había silencio y oscuridad, pero el soldadito era valiente y no tenía ningún miedo.
Muy pronto se quedó dormido en el estómago del pez. Sin embargo, poco duró su tranquilidad porque el pez había sido pescado y ya estaba rumbo al mercado de la ciudad.
La buena suerte quiso que la mamá del niño quisiera comprar ese día pescado fresco, así que fue al mercado y compró aquel pez.
Cuando llegó a casa y se puso a limpiar el pescado, descubrió que en su interior estaba el soldadito de plomo que había perdido su hijo. Rápidamente, llamó al niño para darle la buena noticia.
El niño estaba como loco de contento por tener de nuevo al soldadito, lo colocó en su escritorio, justo frente a la ventana y fue a cenar.
Pero de pronto, una fuerte ráfaga de viento abrió con fuerza la ventana y lanzó al soldadito de plomo directo a la chimenea de la habitación que se encontraba encendida.
El pobre soldadito, comenzó a derretirse lentamente bajo el calor de las llamas.
Sentía mucho calor pero como podía ver a su bailarina, se sintió aliviado. En ese momento el soldadito vio cómo un soplo de aire empujó a la bailarina de papel hacia el fuego y, en un increíble revoloteo que parecía una función de ballet, la bailarina terminó junto al soldadito en las llamas.
Sin embargo, tuvieron el tiempo suficiente para mirarse y enamorarse antes de que el fuego terminara con ellos.
A la mañana siguiente, cuando el fuego ya se había apagado, en la chimenea apareció un bonito corazón de plomo, cubierto con destellos dorados y un trocito de tul de bailarina.

Y colorín colorado, este cuento encantado se ha acabado.

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