9. Greta y la pócima mágica

En este episodio os contamos un cuento que os va a encantar. Se trata de un cuento creado por nosotras y que cuenta las aventuras de una niña un poco brujita. No os lo perdáis y dadle al play!

Greta era una niña muy lista. Con 9 años, cada sábado por la mañana pasaba 3 horas en la biblioteca que había frente a su casa leyendo y leyendo.

Todos los cuentos que caían en sus manos eran siempre sobre brujas, pócimas y encantamientos. Ella quería ser una brujita de verdad.

Cuando llegaba su cumpleaños, pedía cuentos de aventuras de brujas. A los Reyes Magos, les pedía siempre cuentos de brujas y encantamientos.

Su madre había intentado por todos los medios que Greta se interesase por otras cosas pero era en vano. Todos la habían dejado por imposible.

Su habitación estaba decorada con telas de araña y cuentos de hechizos, tenía una olla de juguete donde preparaba sus pociones y una mochila con un montón de ingredientes para pócimas.

Como cada sábado, Greta se dirigió a la biblioteca. Normalmente siempre iba por las mañanas pero ese día su hermana Telma había tenido competición de judo y sus padres le habían obligado a asistir.

Así que Greta consiguió que le dejaran pasar la tarde en su lugar favorito del mundo: rodeada de libros.

La vieja bibliotecaria, la señora Ume adoraba a Greta y siempre le traía los libros que ella pedía. Cada mes, Greta hacía una lista con los cuentos que le gustaría leer y la Señora Ume los compraba para la Biblioteca.

Ese sábado no había mucha gente en el gran salón de lectura. Greta se acercó a las enormes estanterías y eligió un libro nuevo por el que había estado suspirando los últimos meses: “Hechizos mágicos”

Se acomodó en un gran cojín verde y se dispuso a leer. El libro era maravilloso y no podía dejar de leerlo. Ni si quiera se dio cuenta de que a su lado se había sentado Éric, su vecino de jardín que también estaba muy interesado en la lectura.

Habían pasado dos horas cuando Greta se levantó sedienta a beber un poco de agua.

-¡Greta! -Exclamó Éric – se te ha caído un papel -dijo extendiendo su brazo.

-¿A mí? Si no tenía ningún papel -Greta se agachó y al coger el papel notó una corriente extraña.

-¿Tú también lo has notado?

-Sí, claro -respondió el niño -¿Qué ha sido eso?

Ambos miraron el papel, era muy antiguo y escrito a mano con pluma leyeron:

“Quien encuentre este tesoro debe seguir las indicaciones. No puede echarse atrás pase lo que pase y descubrirá la auténtica magia”

Greta temblaba de emoción.

Eric no tanto pero era tremendamente curioso y Greta le caía muy bien. Aunque era dos años más pequeña que él, siempre habían jugado horas y horas en su jardín haciendo pócimas secretas en las vajillas de sus enfadadas madres.

Así que decidió seguirle la corriente y él también quiso saber más.

Con el papel en la mano y temiendo ser vistos, los niños se escondieron en la última fila de estanterías de la biblioteca, allí nadie les vería.

Decidieron seguir leyendo:

“Para descubrir la auténtica magia, debéis preparar una fórmula muy especial, los ingredientes están en el libro titulado la magia del árbol rojo. Mucho cuidado al abrirlo, debéis estar preparados para este viaje”

Greta y Éric se levantaron de un salto. -Hay que encontrar ese libro

Se dirigieron a la letra L, ya que los libros estaban ordenados alfabéticamente y después de unos minutos de búsqueda, Éric exclamó:

-¡Aquí está! ¡Es mucho más grande que ningún libro que haya visto nunca!
Y así era. El libro ocupaba todo el alto de la estantería, entre los dos apenas podían con él.

Con cuidado lo dejaron en el suelo, era un gran libro de color cereza y en la tapa grabadas con letras doradas leyeron “la magia del árbol rojo”

Los niños estaban tan absortos que no se dieron cuenta de que era hora de cerrar, la Señora Ume había tocado la campana de salida hasta en 3 ocasiones y se dirigía a los pasillos por si quedaba algún rezagado antes de irse.

En ese momento, los niños abrieron el cuento. Una ráfaga de luz de colores salió cegando todo a su alrededor y metiendo a los niños dentro. Después se cerró de un fuerte golpe.

La señora Ume al oír el ruido avanzó por el pasillo y se encontró el libro tumbado en el suelo, no había ni rastro de Greta y Éric.

-¡Estos niños! -dijo en voz alta -¡Lo dejan todo sin recoger y encima se marchan sin decirme adiós!

Colocó el libro con gran esfuerzo de nuevo en la estantería. No recordaba que fuera tan pesado. Apagó todas las luces de la biblioteca y salió, cerrando hasta el lunes a las 09.00 de la mañana.

Greta y Éric no daban crédito a lo que estaban viviendo. Se encontraban en un enorme bosque frente a un árbol gigante con una puerta roja en el tronco.

Empujaron la puerta y ésta cedió. Los dos entraron en el interior. Había una pequeña lámpara de aceite iluminando la estancia.

En el centro, una olla gigante burbujeaba al fuego y dentro de ésta, un cucharón de madera se movía sólo.

Los niños estaban atónitos. El tronco por dentro era muy muy alto y estaba lleno de estanterías con ingredientes mágicos.

Greta, sacó del bolsillo el viejo papel y siguió leyendo:

“Habéis llegado hasta aquí, niños listos. Ahora debéis terminar la pócima. Sólo entonces podréis pedir un deseo antes de volver a vuestro mundo.
El deseo se os concederá siempre que sigáis los pasos y no os echéis atrás”

Los niños tenían muchas ganas de hacerlo, se colocaron dos sombreros de brujita que había en la mesa y siguieron las instrucciones del papel.

-Aquí pone que hay que echar: ala de mariposa azul, jalea de musgo helado, dos pellizcos, un rayo de sol, una lágrima amarga y la flor más bonita del bosque.

-¿De dónde vamos a sacar todo esto? -Preguntó Eric

¡Muy fácil! -Pensó Greta en voz alta. -Los ingredientes están aquí, en las paredes…!sólo hay que adivinar cómo bajarlos!

Mientras tanto, eran las 9.30 de la noche y la madre de Greta ya estaba extrañada de que su hija no hubiera vuelto a casa.

Salió por el jardín y se encontró con Ana, la mamá de Eric, que también estaba preocupada y juntas decidieron ir a la biblioteca a ver qué pasaba.

Al llegar y ver la puerta cerrada decidieron llamar a la Señora Ume, que vivía enfrente y en seguida llegó.

-Lo cierto es que me pareció muy raro que los niños no se despidieran de mí, además encontré un libró mágico muy grande en el suelo mmmm -pensó la Señora Ume sin decir nada.

Juntas, las tres entraron en la biblioteca en busca de los niños.

-¡Éric! ¡Ya lo tengo! -Rió Greta -Basta con leerlo fuerte en voz alta y los ingredientes bajan mágicamente de las estanterías!

Y así fue como uno por uno, los ingredientes iban llegando a sus manos.
-Y por último – dijo Greta -dos pellizcos!

Cogió a Eric del brazo y le pellizcó firmemente.

-¡¡Ay!! -Con cuidado.

De pronto una gran nube de color púrpura sobrevoló sus cabezas y escucharon una amable voz:

-Queridos niños: Lo habéis hecho fantásticamente bien. Ahora debéis pensar un deseo que siempre compartáis y en el que os pongáis de acuerdo. Tenéis que daros prisa, puesto que ya os están buscando.

Greta y Éric se miraron, los dos lo sabían. Sabían perfectamente qué deseo pedirían:

Poder volver allí a hacer pócimas y encantamientos cuando quisieran. Y sería su secreto.

-Está bien -dijo la voz -Vuestro deseo se cumplirá. Cada vez que juntos abráis el libro mágico podréis venir a hacer un encantamiento.
Pero debéis guardar el secreto a ojos de todo el mundo.
Y ahora, debéis iros ya.

Los niños, se dieron la mano y juntos, atravesaron la puerta roja. De un salto, estaban de nuevo en el pasillo de la biblioteca y oyeron unas voces conocidas.

-¡Niños! ¿Estáis ahí? – Era la Señora Ume

-Sí, Señora Ume, nos habíamos quedado viendo un libro y no le oímos -rieron entre ellos.

Las mamás respiraron aliviadas cuando vieron que los niños estaban allí.

-¡Greta! ¡Éric! Menudo susto nos habéis dado. Que sea la última vez que no estáis atentos a la campana.

Juntos, bajaron las escaleras de la biblioteca y la Señora Ume, cuando nadie le miraba, les guiñó un ojo, cómplice.

Ella era una bruja buena, estaba al corriente de todo y podían contar siempre con ella para poder hacer pócimas y aprender todo sobre encantamientos.

Felices los niños se despidieron en la puerta de su casa, hasta el sábado siguiente.

Y colorín colorado, este cuento encantado se ha acabado.

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