2. Ricitos de oro

En este segundo capítulo de Cuentos encantados os contamos un precioso cuento infantil llamado Ricitos de oro.

Érase una vez una niña preciosa de cabellos rizados y tan rubios, que todos le llamaban Ricitos de Oro. 

Todas las mañanas, Ricitos de Oro se levantaba temprano para recoger flores en el bosque y jugar entre los árboles, pero un buen día, la niña caminó tanto entre los árboles que se perdió. 

Agotada y triste, Ricitos de Oro llegó a una preciosa cabaña que se encontraba a los pies de un arroyo, y al descubrir que la puerta de aquella cabaña se encontraba abierta, decidió entrar.

-Qué casita tan bonita! -pensó Ricitos de Oro. 

Una vez dentro, admiró la gran librería que presidía la estancia, en un lado había muchos libros enormes sobre animales y bosques, en el centro, vislumbró otro montón de libros de recetas, viajes y tecnología y el tercer bloque eran todos cuentos infantiles, colocados por colores, sonrió pensando que en aquella casita al menos había un niño.

Descubrió una gran mesa de madera en el centro del salón y en ella, Ricitos pudo ver tres tazones de sopa recién hecha, uno grande, otro mediano y el último, el más pequeño de los tres. 

Olía tan bien y tenía tanta hambre que Ricitos de Oro se dispuso a beberla, comenzando por el tazón más grande de todos.

“¡Huy, está demasiado caliente!” – exclamó con sorpresa la niña, y decidió probar del tazón mediano. “¡Este está muy templado!” – pensó disgustada y decidió probar la sopa del último tazón, el más pequeñito de los tres. “¡Este sí que está riquísimo y calentito!” – repitió una y otra vez con cada cucharada hasta que no dejó una sola gota de la sopa.

Cuando terminó de comer, Ricitos de Oro estaba cansada y pensó que tenía muchas ganas de sentarse y descubrió frente a la chimenea tres sillas en la esquina de la sala, una grande, otra mediana y la última, la más pequeñita de las tres.

Al probar la silla grande, descubrió que sus pies no tocaban el suelo, por lo que decidió sentarse en la silla mediana, pero esta también era demasiado alta para ella. 

Por último, se sentó en la silla más pequeñita de todas, y al sentarse con fuerza sin querer la rompió. 

-Ay ay ay! Gimió la niña, -qué he hecho! Estoy tan cansada que más tarde intentaré arreglarla. 

Ricitos de Oro necesitaba descansar porque tenía la tripa llena de aquella sopa tan rica así que decidió investigar y así llegó a una habitación muy grande y colorida donde había tres camitas;

Una grande y ancha, otra mediana y alta, y una tercera bien pequeñita. 

Primero, se subió a la cama grande, le costó subir a aquella tan alta y tuvo miedo de caerse así que decidió bajar rápidamente porque, además, estaba demasiado dura y no le gustó. 

Después, se subió a la cama mediana, pero estaba demasiado blanda y tampoco le gustó. Entonces, se acostó en la camita más pequeña, la de Osito y la cama no estaba ni demasiado dura ni demasiado blanda. 

De hecho, ¡se sentía perfecta! Ricitos de Oro se quedó profundamente dormida.

Pasadas unas horas, después de un largo paseo por el bosque, llegaron los tres Osos a su casita: Papá Oso, grande y fuerte, Mamá Osa, mediana y preciosa, y finalmente, Osito, pequeñito y saltarín. Osito traía una cesta con moras y bayas que habían recolectado durante su paseo para merendar esa tarde.

Cuando se acercaron a la mesa para desayunar, Papa Oso exclamó sorprendido: “¡Alguien ha probado mi sopa!”, a lo que Mamá Osa contestó: “¡Alguien también ha probado mi sopa!”, y finalmente, Osito dijo entre sollozos: “¡Alguien se ha comido toda mi sopa!”.

Tristes y preocupados porque algún extraño había entrado en su casita, los tres osos decidieron sentarse en sus sillas y pensar, cuando Papá Oso gritó furioso: “¡Alguien se ha sentado en mi silla!”, y Mamá Osa replicó: “¡Alguien también se ha sentado en mi silla!”. 

Sin embargo, la mayor sorpresa fue para Osito, quien no pudo contener las lágrimas cuando exclamó: “¡Alguien también se ha sentado en mi silla y la ha roto!”.

Los tres osos estaban tan tristes y afligidos que decidieron acostarse un rato en sus camas para descansar y olvidar lo ocurrido. 

Entonces, Papá Oso tumbó su enorme cuerpo en la cama grande, pero al instante exclamó: “¡Alguien se ha acostado en mi cama!”.

Mamá Osa, lo miró asustada y al acostarse en su cama mediana se apresuró a decir: “¡Alguien también se ha acostado en mi cama!”, pero la mayor sorpresa fue para Osito, quién al llegar a su camita, blandita y suave, gritó con todas sus fuerzas: “¡Alguien se ha acostado en mi camita y está aún durmiendo en ella!”.

Ante tantos gritos, Ricitos de Oro se despertó asustada, y al ver a los tres osos mirándola tan enfadados se asustó tanto que salió corriendo despavorida y tanto corrió la pequeña niña que en pocos minutos atravesó el bosque y pudo por fin encontrar el camino de regreso a casa. 

Y nunca volvió a pasear por aquella zona del bosque, por miedo a encontrarse a los tres osos que tan enfadados parecían. 

Aunque siempre recuerda su casita y aquella sopa tan rica que se tomó.

Y colorín colorado, este cuento encantado se ha acabado.

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