19. Pedro y el lobo

Para el episodio de hoy hemos elegido un cuento por casi todos conocido: Pedro y el lobo, también llamado el pastorcillo mentiroso.
Esperamos que os guste.

Érase una vez un pastorcillo llamado Pedro, que se pasaba todo el día cuidando a sus ovejas en un prado muy cercano al pueblo donde vivía.
Cada mañana, Pedro salía con las primeras luces del alba con su rebaño y no regresaba hasta bien entrada la tarde.
El pastorcillo se aburría mucho viendo cómo pasaba el tiempo, pasaba horas y horas mientras las ovejas pastaban y no tenía nadie con quien compartir ese tiempo, así que pensaba en todas las cosas que podía hacer para divertirse.
Un día, estaba apoyado en el tronco de un gran árbol y se le ocurrió una idea que le rondaba la cabeza desde hacía tiempo.
Para divertirse un rato pensó que gastaría una broma a toda la gente del pueblo que vivía cerca de aquellos prados verdes.
Los campesinos y vecinos de Pedro eran gente muy trabajadora y siempre ayudaban a su vecinos cuando éstos necesitaban algo.
Pedro sabía que si les gastaba una broma sobre el lobo, todos vendrían corriendo a socorrerle. Iba a ser muy divertido, pensó.
Esa mañana, cuando todos estaban con sus labores, Pedro decidió que era el momento perfecto para gastar la broma. Se puso en pie y gritando lo más alto que pudo se le escuchó:
-“¡Socorro, el lobo! ¡Socorro! ¡Que viene el lobo!”.
Todos los campesinos de la zona de inmediato dejaron sus quehaceres, tal como había previsto Pedro, cogieron las herramientas que tenían a mano y corrieron por el monte a ayudar al pobre pastor.
Tardaron 4 minutos en llegar hasta la pradera y encontrarse al pastor muerto de risa, tumbado en el suelo, y así descubrieron que todo había sido una broma de muy mal gusto.
Los aldeanos muy enfadados con el pastor regresaron a sus trabajos pensando que Pedro había sido un tonto. Por el camino de vuelta quisieron advertir al chico que no lo volviera a hacer pero pensaron que se habría dado cuenta él mismo de que aquello no había tenido gracia.
Pero Pedro había disfrutado mucho con la broma, era impulsivo y aún un niño y no pensó que realmente había fastidiado a muchos campesinos con su broma, se había divertido y no estaba dispuesto a dejarlo.
Quería repetirlo y estaba dispuesto a volver a pasar un rato divertido con aquella broma.
A la mañana siguiente, Pedro desayunó temprano, como cada mañana y llevó a su rebaño a las praderas.
Almorzó un trozo de pan con queso y pensó que era un buen momento para repetir su hazaña.
De pie frente a los prados y con las manos alrededor de su boca comenzó a gritar tan fuerte como pudo:
-“¡Socorro, el lobo!!Socorro! ¡Viene el lobo!”.
Al oír de nuevo los gritos del pastor, los campesinos creyeron que en esta ocasión sí se trataba del lobo feroz que quería comerse todas las ovejas del pobre pastor y corrieron en su auxilio.
Y una vez más se encontraron con la misma escena que un día atrás; Pedro estaba tumbado en el suelo muerto de la risa y todas las ovejas pastaban tranquilamente en las laderas.
Esta vez los aldeanos se enfadaron mucho más con la actitud de Pedro y juraron no dejarse engañar nunca más.
Esa noche, Pedro pensó que había sido otro día muy divertido, no pensó en cuánto había molestado a los campesinos y las consecuencias que esta broma podía tener.
A la mañana siguiente, como siempre muy temprano, Pedro volvió a sacar a su rebaño a pastar por los prados cerca del pueblo.
Seguía pensando que había gastado una buena broma los días anteriores y estaba distraído en sus pensamientos cuando de pronto, notó a sus ovejas muy nerviosas.
Se giró y vio al lobo allí muy cerca, corriendo hacia ellos.
Sin dudarlo un momento comenzó a gritar:
-“¡Socorro, el lobo! ¡Viene el lobo! ¡Ayudad a mis ovejas! ¡Auxilio!”.
Pedro gritaba una y otra vez, pero los aldeanos no parecían escucharlo.
Todos pensaban que era otra broma de Pedro y no tenían intención de caer de nuevo en la trampa, como el día anterior.
Haciendo oídos sordos ante los gritos de auxilio del pastor, siguieron con sus actividades sin asomarse si quiera.
Pedro estaba desesperado, no entendía porqué los campesinos no acudían a ayudarle, seguía gritando:
-“¡Socorro, el lobo! ¡Viene el lobo! ¡Se está comiendo a mis ovejas! ¡Auxilio!”
Pero ya era muy tarde para convencer a los aldeanos de que esta vez era verdad.
Pedro tuvo que ver cómo el lobo devoraba una tras otra sus ovejas, hasta quedar saciado.
Volvió cabizbajo y triste al pueblo.
Se había dado cuenta de las terribles consecuencias que habían traído sus bromas. Nadie le había creído cuando de verdad necesitaba ayuda.
Valoró a sus vecinos y se prometió que nunca más volvería a gastar una bromo aquella. Aprendió la lección para siempre.

Y colorín colorado, este cuento encantado se ha acabado.

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