16. Manuela y el Ratoncito Pérez

Hoy os traemos una nueva aventura del Ratoncito Pérez.
Un bonito y emocionante cuento creado por nosotras y que por tanto no conocéis.

Esperamos que os encante!!

Manuela tenía 6 años. A la mayoría de sus amigas de clase ya se les habían caído varios dientes. Y a todas ellas, el ratoncito Pérez les había dejado un regalo bajo la almohada.

Manuela estaba deseando que se le cayera un diente a ella también pero por más que se tocaba todos los días los dientes, ninguno se le movía.

Una mañana, cuando su mamá la despertó para ir al colegio, Manuela vio en la pared de su habitación una pequeña puerta rosa.

-Mamaaá! Mamaaaá! -Gritó Manuela -Qué es eso? Hay una puerta pequeñita en mi habitación!

La mamá de Manuela entró en su habitación y riendo le contestó:

-Eso es porque el Ratoncito Pérez ya ha construido su puerta para llegar a tu habitación, así que dentro de poco vendrá a visitarte.

Manuela estaba emocionada, corrió a despertar a su hermano pequeño para que viera la puertita y los dos se sentaron delante a esperar.

-Niños! El Ratoncito Pérez no va a venir ahora. Tenéis que vestiros y desayunar que vais a llegar tarde al cole hoy.
El Ratoncito vendrá por la noche cuando se caiga un diente.

Ese día en clase, Manuela les contó a sus amigas que la puerta había aparecido misteriosamente en su pared, era rosa, como el resto de la habitación.

Sus amigas le dijeron que tenía que preparar cosas que les gustaran a los ratones para que fuera a verla.

Pensó que tenían razón, además, la puerta estaba un poco alta y el Ratoncito necesitaba una escalera pequeña para descender.

En cuanto salió del colegio, corrió a su casa. Se lo diré a mi hermano Daniel, él me ayudará a preparar todo, pensó Manuela.

Una vez en casa, entre los dos hermanos colocaron una escalera de la casa de muñecas de Manuela, un pequeño cesto del rancho de caballos de Daniel y un platito pequeñito de las Barriguitas.

Encontraron queso en la cocina y sin que nadie los viera, lo colocaron en el diminuto plato en la puerta de Pérez. Pero el Ratoncito no aparecía.

Esa noche, Manuela, soñó que se le caía un diente ¡Tenía tantas ganas!
Pero no se le movía ninguno. Por la mañana, al despertarse, se sobresaltó:

-¡Daniel! Corre, ven. Rápido.

Su hermano corrió a su habitación -¿Qué pasa Manuela?

-Mira, la puerta rosa está abierta, y no está el queso que dejamos ayer.

Daniel miró en dirección a la pequeña puerta que estaba abierta. Era cierto. Pero detrás de la puerta abierta seguía estando el papel pintado de la pared.
Y no había ni rastro del queso que colocaron en el platito.

-¿Tú crees que ha venido a verme y se ha comido el queso? -Preguntó Manuela.

-¡Pues claro! Tenemos que dejarle más queso y otras cosas que le gusten.

Así, cada noche, antes de acostarse, los niños dejaban queso y migas de galletas. Montaron un columpio de sus muñecos, una bañerita con agua caliente y una diminuta toalla, una moto de los paymovil y hasta un helicóptero de rescate.

Cada mañana, todo aparecía desordenado, el Ratoncito Pérez jugaba con los juguetes, comía el queso y las migas de galletas y desaparecía tras su puertita.

Los niños estaban emocionados, pero querían verle y nunca lo conseguían, siempre estaban profundamente dormidos cuando sucedía…

Así pasaron los meses y una mañana, cuando Manuela estaba a punto de cumplir 7 años, sucedió algo que llevaba mucho tiempo esperando. Desayunando un trozo de manzana, un diente que se le movía desde hacía unas semanas se le cayó.

-¡Ohhhhh esta noche sí que va a venir a verme el Ratoncito Pérez! -Dijo la niña emocionada.

Esta vez, volvieron a colocar el queso y las galletas, los juguetes y un poquito de leche y decidieron dormir juntos con la esperanza de ver o de oír algo.

Cuando estaban profundamente dormidos, el Ratoncito Pérez abrió su puertecita y entró en la habitación de Manuela.

Se había convertido en una habitación de visita habitual ¡Qué ricos estaban los quesos y las galletas…! Siempre que su trabajo se lo permitía, hacía una parada en aquella habitación.

El Ratoncito con su mochila en la espalda trepó hasta la almohada de Manuela, sacó la moneda y justo cuando la iba a dejar debajo de la almohada junto con una carta, Daniel comenzó a toser.

El pobre Ratoncito, que no esperaba que el hermano de Manuela estuviera allí, se pegó tal susto que la moneda salió volando por los aires y rodó y rodó por el suelo hasta colarse debajo del armario.

-Oh Vaya! -Se dijo Pérez – ¿Qué voy a hacer? Las monedas mágicas pertenecen a cada niño, no puedo poner otra en su lugar. Tengo que recuperarla como sea.

Bajó de la cama de un salto, se aseguró de que los niños dormían y comenzó a pensar un plan para sacar la moneda de aquel enorme armario.

Para ello, decidió montarse en el helicóptero de rescate playmovil y le comunicó al piloto: -debemos sobrevolar la zona, a ver si hay algún hueco por donde pueda colarme.
El pequeño piloto obedeció al Ratoncito y comenzaron las maniobras de búsqueda.

Pero era imposible acceder desde allí así que el Ratoncito decidió probar suerte en la casita de los conejos Sylvanian.

Papá conejo era un manitas y su casita estaba llena de herramientas.
-No te preocupes, encontraremos la fórmula de sacar la moneda del armario

Juntos, con un rastrillo de jardín se asomaron por el bajo de armario: ¡Allí estaba la reluciente moneda de oro para Manuela!

Pero el mango del rastrillo era muy corto y no llegaban hasta ella.

El ratoncito Pérez miró a su alrededor, ninguna de las muñecas tenía los brazos tan largos como para llegar a la moneda así que se despidió de Papá Conejo y montado en la moto de policía de playmovil se fue a la habitación de Daniel.

-Mmmmmm – se dijo el Ratoncito -Tal vez esas flechas sean lo suficientemente largas, pensó mientras observaba la estantería de Daniel donde estaban sus muñecos de super heroes y un gran arco con flechas.

-Hulk, por favor ¿Serías tan amable de acercarme las flechas a la habitación de Manuela? Pesan mucho para mí

Hulk, al escuchar su nombre se puso en pie -Por supuesto, te ayudaré.
Cogió las flechas y corrió detrás del Ratoncito con ellas al hombro.

Batman, Spiderman e incluso el Capitán América decidieron ir tras él por si podían ayudar.

-No hagáis ruido por favor, los niños no pueden despertarse ahora -pidió el Ratoncito a todos los juguetes.

La verdad era que cada vez más juguetes curiosos se arremolinaban en torno al armario.

Hulk se agachó y metió una flecha por debajo del armario. Logró tocar la moneda pero no era suficiente, necesitaban algo más largo aún.

Se oyó un murmullo fuerte de juguetes pensando en voz alta, cuando, de la casa de muñecas enorme salió el hada Nenuco con su varita mágica en forma de estrella.

-Hola Ratoncito Pérez ¿Puedo ayudarte? Mi varita es lo suficientemente larga y seguro que alcanzamos esa moneda

-¡Siii! -Gritaron todos los juguetes -iInténtalo, Hada!

El Hada se agachó y extendió su varita hasta tocar la moneda con la punta de su estrella dorada y tirando hacia sí logró sacarla del armario.

-¡Bravo! -El Ratoncito Pérez la abrazó entusiasmado -¡Menos mal! Ahora la dejaré debajo de la almohada y todos a dormir.

De un salto, subió de nuevo a la almohada de Manuela que dormía feliz sin enterarse de nada.

Pérez, tras despedirse de todos los juguetes volvió a su puerta rosa y dijo:

-Adiós amigos, estaremos un tiempo sin vernos, hasta que a Manuela se le caiga el próximo diente.

Y guiñando un ojo a todos concluyó:

-Ha sido un placer venir por aquí estos meses. Siempre me pasaba por esta habitación con la excusa de ver si a Manuela se le había caído un diente pero en realidad… Os tengo que reconocer que venía por el queso y los juguetes.

¡Yo siempre sé cuándo se le cae un diente a un niño! -rió el ratón.

Esa mañana, al despertar, Manuela metió la mano debajo de la almohada y allí junto a una brillante moneda de oro había una carta dirigida a ella.

-¡Ohhh! – exclamó la niña -una carta para mí del Ratoncito Pérez -¡Qué ilusión!

En la carta, el Ratoncito le contaba su historia sobre cómo comenzó a recoger los dientes de todos los niños. Manuela, le leía encantada la carta a su hermano pequeño.

En la posdata le daba las gracias por el queso y los juguetes.

¡Era verdad! ¡El ratoncito había estado allí más veces!

-Manuela, mira -dijo de pronto Daniel

-Pero si están casi todos mis súperheroes en tu habitación. Y el helicóptero de rescate y el coche policía…

Y así era, los juguetes de Daniel, después de toda la noche ayudando al Ratoncito Pérez a encontrar la moneda perdida debajo del armario, se quedaron allí a dormir, en la habitación de Manuela.

Los niños corrieron a contar la historia a sus padres. Después a sus amigos en el colegio. Todos les escuchaban sin pestañear.

Y todos pensaban para sí: ¿Y si el Ratoncito viene también de vez en cuando a mi habitación a ver si se me ha caído un diente?

Todos los niños llegaron a sus casas esa tarde con un pensamiento: buscar queso para dejar en sus habitaciones.

Manuela riendo con su moneda pensó: Pobre Ratón Pérez, se va a poner muy gordo. Jijiji

Y colorín colorado, este cuento encantado se ha acabado.

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